Antecedentes del viejo mundo
I. Problemas sociales
El
deseo de pertenecer al grupo y la buena disposición para proporcionarse mutua
protección tuvieron tanta influencia como el deseo egoísta de dominar a los
seres humanos más débiles.
En
las enseñanzas religiosas judaicas y cristianas. La caridad era
fundamentalmente motivada por el deseo de recibir la gracia de Dios y obtener
los méritos de las buenas obras para la vida eterna; sin embargo, un sincero
sentimiento de compasión hacia las viudas y los huérfanos puede muy bien haber
sido la razón de que se hayan satisfecho las demandas de las iglesias para la
ayuda a los pobres. Con la creciente influencia de la iglesia y la aceptación
del cristianismo como religión de estado, se establecieron instituciones para
los pobres en los monasterios, instituciones que servían como orfelinatos, como
asilos para los ancianos, para los enfermos y los inválidos, así como refugio
para la gente sin hogar, con lo cual se continuo la tradición de las xenodochia
(casas de huéspedes) griegas.
Los
hospitales se fundaron con la ayuda de los donativos hechos por los reyes, los
duques y los miembros de la aristocracia. Sin embargo, solo algunos de los
desamparados encontraron protección y refugio en estas instituciones, muchos
mendigos vagabundos continuaron deambulando por los caminos y se convirtieron
en una plaga contra la cual no pudieron hacer nada los gobiernos locales ni los
estatales.
Para
evitar que hombres perfectamente capaces se dedicaran a la mendicidad, fundó un
“taller militar”, que fabricaba el vestuario para el ejército, este fue creado
por Benjamín Thompson en Múnich en el año 1790.
II. Las primeras obras de caridad
en Inglaterra
Dar
limosnas a los desamparados, los ciegos y los cojos era un deber religioso, y
un medio de salvación de la amenaza del castigo divino después de la muerte.
Como el principal motivo de la caridad era la salvación del alma del donante,
generalmente le preocupaba muy poco a ésta el ser humano que recibía su
caridad. La ayuda a los
desamparados fue primero distribuida por el sacerdote de la parroquia, es
auxiliado por los diáconos y sacristanes. En los siglos XIII y XIV, las órdenes
religiosas y las instituciones eclesiásticas liberaron a las iglesias
parroquiales de la mayor parte de los deberes de cuidar a los pobres. Las sociedades de mercaderes y artesanos, las
fraternidades rurales, y las fraternidades eclesiásticas o sociales fueron
organizadas primordialmente con el objetivo de ofrecerse ayuda mutua, hermandad
y amistad. Por lo tanto, sostenían ante todo a sus propios miembros enfermos o
necesitados, a sus viudas y huérfanos; aunque también organizaban obras de
caridad para los pobres del pueblo. La
emancipación del trabajador rural, que dejo de ser ciervo de las grandes haciendas,
creó nuevos problemas. Antiguamente, el ciervo y su familia eran vestidos y
alimentados por el señor de la tierra, y la señora cuidaba a los ancianos y a
los enfermos. La emancipación dio al trabajador y a su familia la libertad para
ir de un lado a otro; pero lo privó de su antigua seguridad. En épocas de
desempleo, de enfermedad, de ancianidad, o de invalidez, se veía obligado a
mendigar. Al iniciarse la revolución industrial, la elaboración de la lana
ofreció nuevas oportunidades a la clase trabajadora, pero los trabajadores
residentes fueron los primeros contratados.
La
primera ley que se promulgo en Inglaterra acerca de los pobres fue originada
por una catástrofe nacional. En 1348 la plaga, o la “peste negra”, que llego de
Levante en barcos que llevaban ratas infectadas, mató a dos terceras partes de
toda la población inglesa en solo dos años. Lo que provoco una de las más
graves escases de mano de obra en las haciendas y aparte provoco un aumento en
los salarios.
La
Ley de Pobres de 1601 no permitía que se registrara una persona, como
necesitada de caridad, cuando sus parientes –esposa o esposo, padres o hijos-
podían sostenerla. El principio de “responsabilidad de los parientes” o
“responsabilidad familiar” significa que los familiares deben asumir la
responsabilidad básica de sostener a sus parientes pobres.
La
ley distinguió tres clases de pobres:
1)
El pobre corporalmente capacitado. Estos eran llamados “mendigos fuertes” y se
les obligaba a trabajar en la “correccional” u “hospicio”. Los ciudadanos
tenían prohibido darles limosna, y los indigentes que llegaban de otras
parroquias eran devueltos al lugar donde habían vivido durante un año o más. Un
mendigo o “vagabundo valerosos”, que se negaba a trabajar en la correccional
era puesto en el cepo o encarcelado.
2)
El pobre incapacitado. Estas eran las personas que no podían trabajar: los
enfermos, los viejos, los ciegos, los sordomudos, los cojos, los dementes y las
madres con hijos pequeños. Estas personas eran colocadas en el asilo, donde debían
ayudar dentro de los límites de su capacidad. Si los pobres impedidos tenían un
lugar donde vivir y resultaba menos costoso sostenerlos en su propia casa, los
inspectores de los pobres podían concederles “socorro exterior”, generalmente
“en especie”, es decir, que les enviaban comida, ropa, y combustible a sus
hogares.
3) Los niños dependientes. Eran los
huérfanos, los expósitos y los niños que habían sido abandonados por sus
padres, o cuyas familias eran tan pobres que no podían sostenerlos. Estos
niños se entregaban a cualquier
ciudadano que se mostrara dispuesto a mantenerlos sin cobrar nada. Si no se
disponía de una “casa gratis” de este tipo, el niño se entregaba a quien
cobrara menos por su sostenimiento. Los niños de 8 o más años, que podían
realizar algún trabajo doméstico o de otro tipo, eran colocados a cargo de
alguno de los habitantes de la población.
Los
“inspectores de los pobres” se encargaban de aplicar la ley de los pobres en su
parroquia. Eran nombrados por los jueces de paz o magistrados. Su función
consistía en recibir la solicitud del pobre que deseaba socorro, investigar su
condición y decidir si era o no merecedor de ayuda. Los inspectores decidían si
el solicitante y su familia debían ser colocados en el hospicio o en el asilo,
si debían ser “ofrecidos al mejor postor”, o si debían recibir ayuda en su
propia casa. Como regla general, un viejo edificio en desuso servía como asilo
y hospicio. Y en el hospicio todos los internoss eran obligados a trabajar
duramente con vigilancia de un inspector superior de los pobres.
V. El trabajo infantil y la
legislación fabril
Los
niños indigentes eran puestos a trabajar “vendiéndolos” a los agricultores,
poniéndolos bajo el dominio de artesanos, o en el duro trabajo impuesto en los
asilos. Algunos tenían apenas
4, 5 o 6 años de edad, y no había límite legal para las horas de trabajo. Los
llamados “capataces” los mantenían despiertos dándoles latigazos cuando se
quedaban dormidos. El día típico de un niño pobre alquilado a una fábrica
textil era el siguiente: los niños eran obligados a levantarse a las cuatro o
las cinco de la madrugada. Los niños de 6 o
7 años eran puestos frente a la rueda de hilar, o la rueda mecánica, donde sus
dedos pequeños, hábiles y flexibles, podían ensartar la hebra con más rapidez
que los adultos.
La
Ley de Sanidad y de Moralidad de 1802 fue para la protección de estos niños,
aprobada por iniciativa de Sir Robert Peel, quien se oponía a que se emplearan
niños en el trabajo de las fábricas textiles. La cual redujo las horas en la
que los niños trabajaban de 15 a 18 horas a unas cuantas horas menos.
La
Ley de Fábricas de 1833, que prohibía el empleo de niños menores de 9 años en
la industria textil y que limitaba las horas de trabajo diario para los niños.
Por iniciativa de Edwin Chadwick, la ley introdujo el nombramiento de
inspectores para las fábricas, que dependías de una oficina central nacional.
Una enmienda a la Ley de Fábricas de 1847 ordenaba que los menores de 18 años y
las mujeres sólo podían trabajar un máximo de 10 horas diarias.
El
desarrollo industrial de Inglaterra y la crisis económica que acompañó a la
introducción de maquinaria moderna produjo varios periodos de desempleo.